Tras un largo día de playa cuando el Sol comienza a perderse por el horizonte empezamos a recoger las cosas para marcharnos a casa. Mientras tanto vemos a una persona, vestida completamente, con unos cascos en sus orejas que comunican con un objeto que lleva entre las manos. Parece un palo de escoba pero en lugar de terminar con un cepillo tiene en su punta una especie de plato que va paseando de manera uniforme por el terreno; de un lado a otro, con movimiento pendular. De vez en cuando, parece que algo le llama su atención, se agacha y escarba en la arena. Es un detector de metales y busca algún objeto descuidado entre la arena con la esperanza de que tenga algo de valor.
Esta imagen la he visto en cantidad de ocasiones. Aunque puede resultar una actividad un tanto inofensiva, el uso de los detectores de metales en la playa no es la única utilidad de estos objetos en manos de aficionados a la búsqueda de tesoros. La actividad más controvertida es la búsqueda de objetos dentro de yacimientos o zonas arqueológicas. Algo que se encuentra en un limbo legal al que habría que ponerle límite.

